lunes, 23 de febrero de 2009

Libros que no muerden – Ivanhoe de Sir Walter Scott


Durante muchos años no me dediqué con fervor a leer. Prefería comprar y escuchar mucha música.

Mi regreso se produjo alrededor de 1999, incentivada por la gente de un grupo de chat. Se hablaba mucho de libros ahí y yo quedaba en suspenso. Se hablaba también de historia y mitología, también de Tolkien. Estimularon el apetito perdido. Empecé a “ponerme al dia”, sabiendo que con los libros hay un imposible: cual maldición faraónica sabemos que en la vida, aun en la más longeva, no podremos leer todo lo que nos hayamos propuesto.

Una tarde de sábado, volviendo a casa desde mi trabajo, bajé del 132 en Acoyte y Rivadavia y caminando por ésta hacia Hidalgo para tomar el 36 (en medio de las obras de lo que luego sería el complejo de cines), doy con una librería que vende nuevos y usados. No creo que tuviera más de veinte pesos en la billetera. Iba a chusmear. Me encanta hojear libros como a otros les gusta ir a una tienda a probarse ropa.
En el cajón de “literatura universal” me tentaron varios, y encuentro Ivanhoe en una edición de esas colecciones que sacaba Hyspamerica para la venta en puestos de diarios.

Me lo compro, porque me iban a dar vuelto y además porque ahí, me vino un bonito recuerdo: en la casa de mis abuelos paternos, mirando lo que dieran en “Sábados de superacccion”, un dia pasaron Ivanhoe (la de los años ’50). De la peli mucho no recuerdo salvo la manera en que la hacían sufrir a Elizabeth Taylor por ser judía. Tambien y de manera más desdibujada, recordé, a qué negarlo, que los malos eran malos en serio, y los buenos, sufridos y virtuosos y que terminaban triunfando.
Recuerdo con una sonrisa que luego de verla, le cuento entusiasmada a mi tía Olga que había visto una peli buena (era muy chica para apreciar el cine B o darle una interpretación kitsch a las bazofias con las que se rellenaba la grilla de programación). Me preguntó cuál era. Tranquila le respondo Ivanhoe. Se me queda mirando. Apenas comenzaba yo a aprender inglés y lo que dije fue i-va-no-e y no “ái-van-jou” como efectivamente se pronunciaba (les debo los caracteres de fonética).

Sin temor a sonrojarme les comento que no tenia la menor idea de quien fue Scott; menos mal que ya existía Wiki. Los dioses me compensaron: apenas llego a la parada, viene el 36 y encima había asientos vacios (los de Lugano y Celina sabrán que eso es poco menos que un regalo divino). En seguida me puse a leer.

La versión que tengo (ISBN 950-614-298-x), supongo es una traducción bastante literal, sin embargo me sorprendió luego de haber wikieado, que en el siglo en el que se escribió la obra, estaban ya definidos conceptos que personalmente agradezco: un argumento con muchos personajes (nadie sobra, nadie falta) de los que podemos saber bastante, una trama en donde aquellos se inter-relacionan sin hacer desesperar al lector haciéndolo volver veinte páginas atrás, y un ritmo ágil. Guiño: así cualquiera puede leer en el colectivo.


Scott nos introduce en la Inglaterra del siglo XII. En seguida nos presenta a Cedric, un tipo cabrón medio de alcurnia que tiene a su cargo un montón de gente a su corto entender, totalmente inútil, hasta que nos damos cuenta que si no fuera por ellos, no tendría motivos para protestar por algo.

Le dice a todo el que quiera escucharlo que “con los sajones estábamos mejor que con estos normandos que nos están gobernando” (no es una cita literal). Ni le nombren a Guillermo el Conquistador porque los va a sacar corriendo! Para colmo de males su hijo Wilfred (lo considera medio cabeza fresca) no tuvo mejor idea que anotarse para ir a una Cruzada siguiendo al Rey Ricardo, y no volvió aún.

En ese momento está de príncipe regente Juan a quien la Historia le recuerda adjetivandolo “sin tierra”. Está reinando porque si bien a su hermano Ricardo le fue bastante bien en el asunto de la cruzada, lo metieron en cana en una prisión de lo que hoy es Alemania por una causa medio fabricada, llegando a circular el fuerte rumor de que su hermano menor Juan puso unos buenos billetes para que continúe tras las rejas el mayor tiempo posible.
Juan es un tipo rencoroso: sus padres el Rey Enrique de Normandía y su madre la Reina Leonor de Aquitania, no tuvieron mejor idea que tener seis hijos. El ultimo que nació fue Juan; salió perdiendo en el reparto de los títulos nobiliarios y posesiones de tierras, castillos y vasallos, porque lo mejor ya se lo habían dado a sus otros hermanos y hermanas.


Volviendo a Cedric, no solo Wilfred lo tiene a mal traer (este muchacho se va y uno se queda con el corazón en la boca hasta que vuelve), sino que la tiene que cuidar a Lady Rowena. Una doncella. Hay que casarla bien, aprovechando que está buena, pero no hay que perder el tiempo porque sino se va a tener que hacer monja y después vamos a tener que mantener con dinero al convento en donde ella esté. Y Rowena, sabiendo todo esto, lo vuelve loco (salvo con los muchachos, porque la tiene clara que si deja de ser doncella, se le esfuman las posibilidades de enganchar a alguno que la tenga como a una reina).

Una noche con una lluvia de la gran siete, llegan a lo de Cedric unos macanudos bárbaros: cierto abad rechoncho acompañado por otro hombre religioso pulenta. Claro, es un caballero templario: Brian de Bois-Gilbert.
No se entiende muy bien para qué vienen ya que el dinero no está en Inglaterra y la gloria se conseguía yendo a Tierra Santa. En esa época los reyes tenían y mantenían sus posesiones porque vivían pidiendo plata prestada por lo general a los judíos. Aparentemente ahi se inicia la nefasta leyenda relacionando como cualidad exclusiva de los judios el ser  usureros.

La historia se empieza a poner interesante cuando esa noche, habiendo Cedric invitado a cenar al abad y al templario, tocan a la puerta. Un criado le dice a Cedric que un tal Isaac de York quería pasar ahí la noche. Isaac es judío. El abad y el templario se ponen enfurecidos y se produce este diálogo:

-Un perro judío, acercándose a un defensor del Santo Sepulcro? – protestó el templario.
-A fe mia –replicó Wamba [un criado]-, parece ser que los caballeros templarios son más amantes de la herencia de los judíos que de su compañía.
-Haya paz, mis caros huéspedes – dijo Cedric -. Mi hospitalidad no puede ser coartada por vuestros gustos. Si los cielos han sufrido a toda la nación de engreídos no creyentes durante más años que los que puede contar un hombre honrado, bien podremos nosotros soportar la presencia de un solo judío por espacio de unas pocas horas. No he de obligar a nadie a comer ni a conversar con él…, pónganle mesa y plato aparte. A no ser –añadió sonriente --, que los forasteros del turbante lo admitan a su lado.
-Señor hidalgo – contestó el templario -, mis esclavos sarracenos son verdaderos musulmanes y repugnan tanto como cualquier cristiano el tener tratos con un judío.
-Pues a fe mía – dijo Wamba -, no se me alcanzan las razones por las cuales los adoradores de Mahoma y de Termagaunt se den de menos de tratar con el pueblo elegido por Dios.


Wilfred aparece medio camuflado porque, como es amigo del Rey Ricardo, es por carácter transitivo enemigo del Príncipe Juan.
Por suerte  va a aparecer un muchacho a ayudar, a quien por despistada no le saqué la ficha hasta más de la mitad de la novela: Locksley. Es EL arquero. Nadie dispara flechas como él. Un tal sheriff se la tiene jurada. Pero la gente lo ayuda a esconderse porque le roba a los ricos para repartir el botín entre los pobres. Robin de Locksley. Robin Hood! Y con él, aparece casi toda la pandilla para ayudar a que el príncipe Juan no meta preso a Wilfred de Ivanhoe sólo por ser fiel a su rey Ricardo Corazón de León. Las andanzas de Robin y del fraile Tuck merecen mención especial en el desarrollo de esta novela.


El relato nos va a llevar a la alegre Inglaterra medieval, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva: los castillos están impecables y vive gente en ellos, las reglas de cortesía imperan, las justas son más emocionantes que un River – Boca.
Lo malo: Sir Walter Scott, supongo que sin intención, a raíz de una novela espectacular generó en las generaciones posteriores dos errores a mi modesto entender:
La figura del judío está excesivamente estereotipada: es tramposo, mentiroso, usurero. A las judías casi sin excepción se las presume practicantes de hechicería. En la Edad Media estaba el cristianismo a full, la convivencia entre cristianos y judíos era un poco menos retorcida en parte porque aun no habia tomado fuerza la Santa Inquisicion.
La figura de los templarios. Scott los delinea ambiciosos, fríos, sin escrúpulos. Supieron tener mucho dinero y consecuentemente mucho poder. La orden religiosa fue más rica que muchos reyes juntos. Pero los que manejan el dinero eran los Maestres (junto con los Papas de turno) y no la mayoría de los religiosos por las que estaba formada la orden: ellos se inscribían, hacían votos y se ponían la pilcha y el lomo para defender Tierra Santa. En parte “gracias” a Scott es que genera tanta seducción hoy dia lo relacionado con Los Caballeros de la Orden del Temple.


Ivanhoe es imperdible. Si les gusta Indiana Jones, prueben con esta novela: el código da vinci no le llega ni a los talones. Aventura sana, entretenimiento asegurado, aprendizaje ameno de algunos hechos históricos.

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