viernes, 27 de febrero de 2009

Crónicas artúricas

 

Mirando la biblioteca y eligiendo varios libros para comentar, en la “sección” clásicos – historia – mitología, junto a Sófocles, Apuleyo y Jenofonte, encuentro casi por error dos caros ejemplares: “Los Hechos del Rey Arturo y sus nobles Caballeros”, de John Steinbeck (IBSN 950-07-1745-x) y “Le Morte D’Arthur – King Arthur and the legends of the Round Table”, basado en la genial obra de Sir Thomas Malory, rendido en prosa por Keith Baines y con una introducción de Robert Graves (ISBN 0-451-62567-6).

El primero me fue recomendado por mi buen amigo Ariel B. allá por 1999, el segundo, sé que lo compré más o menos en la misma época (posiblemente hasta el mismo día) en que adquirí El señor de los anillos, seguramente en 1995.

Ambas ediciones son “de bolsillo”, obstan las explicaciones. El de Malory en especial es tan de bolsillo, tan “paperback”, que los editores, a fin de optimizar costos, dejaron márgenes ínfimos, interlineados atrevidos y un tamaño de tipografía que podría desalentar a los cortos de vista; creo que al año de adquirirlo sus hojas ya estaban peligrosamente tornándose ocre, por lo que, desde el punto de vista óptico provoca un buen esfuerzo intentar leerlo.

Ya desde el título sabemos con certeza qué nos espera. Mi acercamiento a las leyendas artúricas vino como consecuencia de haber visto Excalibur, dirigida por John Boorman (en esos primeros alquileres de VHS a mediados de los ochentas). Me fascinó de tal manera esa peli por el modo de narrar la historia que me prometí conseguir el libro lo antes posible. No fue hasta la aparición de internet que encontré datos suficientes para saber qué adquirir.

El de Malory es el libro fundamental para iniciarse en el tema, aunque advierto: fue escrito en el siglo XV, con los elementos de la retórica por entonces de moda. Sin llegar a ser excesivamente adornado, el inicio será casi tortuoso, luego se “engancha la onda” y se continúa sin tantos obstáculos.

El de Steinbeck es casi como para leer en el colectivo. La mezcla del paganismo original de la isla de Inglaterra con los elementos del cristianismo importados por el Imperio Romano, es realizada con diestra pluma por este autor, quien se basó en la obra de Malory como también en otras fuentes de la Edad Media.

A pesar de estar situados los hechos con una diferencia de unos mil años, vamos a encontrar conflictos que hoy día prevalecen.

Uther Pendragon codicia a Igraine, esposa de su enemigo el duque de Cornwall. Pendragon tiene una ventaja, cuenta entre sus consejeros (no me atrevo a llamarlo aliado) a Merlin, un hechicero. Gracias a un sortilegio, una noche de batalla entre los enemigos, Merlin le otorga por un rato a Uther la fisonomía de Cornwall, a fin de que pueda satisfacer su lujuria. Por lo que Pendragon podrá ir bastante tranquilo y sin ser molestado por sus enemigos al castillo de Tintagel a yacer con la mujer de sus deseos. Para mejorar el efecto, poéticamente Merlin provoca el aliento del dragón: una espesa bruma cubre todo y nadie puede ser distinguido salvo a corta distancia. Mientras sucede esto, Cornwall es muerto en el campo de batalla.

Consumado el acto, Pendragon regresa a su base. La verdad, a Merlin este asunto de hacer magia gratis mucho no le simpatizaba por lo que, antes de lanzar el conjuro le hace prometer a Uther que lo que resulte de su unión con Igraine le pertenecerá a él. Imaginarán que Uther le habrá contestado “ma’ si, dale viejo que se hace tarde” y que el otro en voz baja haya retrucado “el que avisa no traiciona”.

Muerto Cornwall y siendo vencedor Pendragon, éste va a ver a la viuda Igraine a su castillo y le cuenta del trato hecho con Merlin. La otra no entiende nada, pero sin tener ahora caballero que la defienda, acepta que cuando el niño nazca, no podrán bautizarlo ni ponerle nombre, amén de entregárselo sin hacer muchas escenas a quien ese día lo reclame. No le hace ninguna gracia. Pero menos a su hija Morgana, que es una nenita pero ya se nota que algo se trae entre manos.

Llegado el día del nacimiento, Igraine cumple con lo prometido mientras Morgana intenta al menos “ojear” a ese mago Merlin, que se lleva al recién nacido.

Secretamente, lleva al bebe a lo de un hombre que tenía algunas tierras, y era bastante buen tipo: Sir Ector. Merlín lo entrega a su cuidado ya que aparte de sus cualidades como persona, su esposa había sido madre en fecha reciente. Y en las tabernas de la Edad Media, quien decía que había tenido un pibe… podría haberse confundido y al final eran dos los que nacieron… me deja como loco esta birra, aclaraba a los parroquianos el Ector sin hache al principio.

Pasan algunos pocos años, Pendragon iba de batalla en batalla, siempre ganando porque Merlin estaba de su lado hasta que un dia lo hieren medio fulero y ni Merlin logra que se recupere. En el lecho de muerte, Merlin le pregunta a Uther, “digo, no es por ser pájaro de mal agüero, pero ponele que no pasas de esta noche. Viste el hijo ese que tuviste? Te gustaría que cuando sea grande sea Rey de Inglaterra?” “Si, si – dice Pendragon, igual probate otro conjuro a ver qué onda”.

En este punto (como en otros de estas leyendas) hay diferentes versiones. Elijo la filmada por Boorman a la escrita por Steinbeck. Pendragon, sabiendo que su hora estaba cerca, sintiéndose joven aun, en un ataque de ira clava su espada Excalibur en una roca, y proclama: “Minga que cualquier perejil será Rey de Inglaterra! El que saque con su habilidad y fuerza la espada de acá (oia, ahora no quiere salir esta desgraciada), será Rey”. Y ahí cae redondo.

 

Más allá de las libertades tomadas para relatar el principio de la historia, en las leyendas conoceremos personajes dignos de admiración por su entereza, su don de gentes, su galantería con damas y doncellas. La férrea defensa de nobles principios y del honor. El engaño, como medio para concretar ambiciones personales (Uther con Igraine, Morgan con Arturo, Morgan con Merlin, Mordred con Arturo).

Además de ello, aparecerán bosques encantados, criaturas en principio reales, pero que esconden enigmas. Hechiceras, magos, justas, torneos. Reyes compadritos. Caballeros cancheros. Damas retorcidas. Señoras portadoras de poderes mágicos: a veces parecen buenas, y otras, no se.

Y el touch cristiano del que hoy día se sigue hablando: a fin de encontrar la cura al maleficio que Morgan le echa a Arturo, sus nobles caballeros con Percival (o Parsifal) a la cabeza, salen a buscar el Santo Grial para que mejore y que el Reino de Camelot vuelva su esplendor. No les voy a contar si lo encuentran o no.

El símbolo del Grial lo encontraremos posteriormente en diversos relatos: de Richard Wagner a Indiana Jones, y de Umberto Eco a (Dios me perdone!) Dan Brown.

Lo recomiendo para los chicos, a partir de los ochos años, o bien cuando dejan de asustarlos los libros sin dibujos.

Lo recomiendo para los adolescentes, porque hay otras cosas tan atrapantes además de los vampiros de Crepúsculo o del alumnado del Colegio Hogwarts.

Y para los grandes, para recordarnos que hay sentimientos y principios universales que vale la pena volver a poner en práctica.

Mi agradecimiento a Moni, una rara persona que devuelve los buenos libros a sus dueños.

Mi agradecimiento a Ariel, que me enseñó otra manera de conocer estas leyendas eliminando el prejuicio de que están pasadas de moda.

Mi agradecimiento a #Camelot, porque durante un tiempo (Damas del Lago, aparte), con el respeto, modales y magia, lograron varios de sus participantes devolverme cosas importantes que creía entonces perdidas para siempre.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Libros que no muerden: Kot, de Rafael Abalos

 

En esta ocasión, y continuando con la brainwashing (línea fundadora) amen de no percibir suma alguna de parte de editoriales o cadenas de librerías, me es grato comentarles del librito que terminé de leer ayer a la tarde.
Como reza el titulo, se llama Kot (la "o" con acento circunflejo, no me acuerdo el cod ASCII para ponerlo) y lo ha escrito un español llamado Rafael Abalos.
Si leyeron El Código Da Vinci (no vale haber visto la peli), seguro les va a gustar: alguien posee un secreto que cambiará el mundo y su historia, se viene conservando desde siglos atrás gracias a la intervención (des)interesada de una pertinente sociedad secreta. Los poseedores históricos de ese secreto no son perejiles: allá era Da Vinci, acá lo tenes a John Rockefeller, Morse (el del telégrafo), y que se yo cuantos mas.


Como corresponde, hay otra sociedad secreta que le tiene toda la bronca a la "buena" y como sea y por los medios que lo requieran quieren hacerse  del secreto para sus siniestros propósitos.


Como corresponde, a quien le toca llevar la custodia del secreto, no se imagina ni por asomo que poco menos que antes de nacer ya la sociedad secreta lo había elegido.


A partir de la segunda parte (el libro esta dividido en tres) empieza a tomar buen ritmo la acción, y te entretiene un buen rato.

No exijan alta literatura, frases que hagan reflexionar o subrayar para despues darse corte en un evento social: es puro entretenimiento.


Ah! En algunos sites de consulta está catalogado para adolescentes: no se si es tan adecuado pero si así lo fuera, que importa? Si hoy somos adultos, es porque antes fuimos adolescentes.

Para lo que queda de este verano, para leer en la fila del banco, en el colectivo... lo recomiendo. No muerde!

Libros que no muerden: La Guerrita, de Santiago Varela

Lo terminé antes de ayer, y me gustaria recomendarlo a quienes hayan disfrutado los monologos del genial Tato Bores especialmente. Como me encontré con el gringo Alzheimer hace un rato no se si ya por aqui o x spaces hice alguna referencia.
El año pasado enganché una entrevista que le hizo Jorge Guinzburg a Santiago Varela a proposito de la edicion de "La Guerrita".
En ese momento se estaba en plena ebullicion con Uruguay x lo de Botnia, las pasteras y eso.
Varela (quien ademas de escribir los monologos fue parte de la Revista Humor) se despacha con un libro de humor sobre las peripecias de una guerra MUY particular que entablan Argentina y Uruguay. Si el asunto estaba embromado, con los cortes de los puentes en Gualeguaychu, imaginen lo que pasa cuando un grupo comando uruguayo poco ortodoxo roba el cuerpo de Gardel!
Con humor pero bajando linea, Varela nos da su optica de lo que seria una guerra con un pais hermano teniendo en cuenta la idiosincrasia de los rioplatenses (BA y Montevideo)
Para las vacaciones, para tirarse en el pasto, para leerlo mientras se hacen tramites, en la cola del banco, o, como me sucedió, cuidando a un paciente en un hospital.

 

Aclaracion: Esta nota fue publicada por mí, originalmente en la sección Notas de Facebook, en Noviembre de 2008.

lunes, 23 de febrero de 2009

Libros que no muerden – Ivanhoe de Sir Walter Scott


Durante muchos años no me dediqué con fervor a leer. Prefería comprar y escuchar mucha música.

Mi regreso se produjo alrededor de 1999, incentivada por la gente de un grupo de chat. Se hablaba mucho de libros ahí y yo quedaba en suspenso. Se hablaba también de historia y mitología, también de Tolkien. Estimularon el apetito perdido. Empecé a “ponerme al dia”, sabiendo que con los libros hay un imposible: cual maldición faraónica sabemos que en la vida, aun en la más longeva, no podremos leer todo lo que nos hayamos propuesto.

Una tarde de sábado, volviendo a casa desde mi trabajo, bajé del 132 en Acoyte y Rivadavia y caminando por ésta hacia Hidalgo para tomar el 36 (en medio de las obras de lo que luego sería el complejo de cines), doy con una librería que vende nuevos y usados. No creo que tuviera más de veinte pesos en la billetera. Iba a chusmear. Me encanta hojear libros como a otros les gusta ir a una tienda a probarse ropa.
En el cajón de “literatura universal” me tentaron varios, y encuentro Ivanhoe en una edición de esas colecciones que sacaba Hyspamerica para la venta en puestos de diarios.

Me lo compro, porque me iban a dar vuelto y además porque ahí, me vino un bonito recuerdo: en la casa de mis abuelos paternos, mirando lo que dieran en “Sábados de superacccion”, un dia pasaron Ivanhoe (la de los años ’50). De la peli mucho no recuerdo salvo la manera en que la hacían sufrir a Elizabeth Taylor por ser judía. Tambien y de manera más desdibujada, recordé, a qué negarlo, que los malos eran malos en serio, y los buenos, sufridos y virtuosos y que terminaban triunfando.
Recuerdo con una sonrisa que luego de verla, le cuento entusiasmada a mi tía Olga que había visto una peli buena (era muy chica para apreciar el cine B o darle una interpretación kitsch a las bazofias con las que se rellenaba la grilla de programación). Me preguntó cuál era. Tranquila le respondo Ivanhoe. Se me queda mirando. Apenas comenzaba yo a aprender inglés y lo que dije fue i-va-no-e y no “ái-van-jou” como efectivamente se pronunciaba (les debo los caracteres de fonética).

Sin temor a sonrojarme les comento que no tenia la menor idea de quien fue Scott; menos mal que ya existía Wiki. Los dioses me compensaron: apenas llego a la parada, viene el 36 y encima había asientos vacios (los de Lugano y Celina sabrán que eso es poco menos que un regalo divino). En seguida me puse a leer.

La versión que tengo (ISBN 950-614-298-x), supongo es una traducción bastante literal, sin embargo me sorprendió luego de haber wikieado, que en el siglo en el que se escribió la obra, estaban ya definidos conceptos que personalmente agradezco: un argumento con muchos personajes (nadie sobra, nadie falta) de los que podemos saber bastante, una trama en donde aquellos se inter-relacionan sin hacer desesperar al lector haciéndolo volver veinte páginas atrás, y un ritmo ágil. Guiño: así cualquiera puede leer en el colectivo.


Scott nos introduce en la Inglaterra del siglo XII. En seguida nos presenta a Cedric, un tipo cabrón medio de alcurnia que tiene a su cargo un montón de gente a su corto entender, totalmente inútil, hasta que nos damos cuenta que si no fuera por ellos, no tendría motivos para protestar por algo.

Le dice a todo el que quiera escucharlo que “con los sajones estábamos mejor que con estos normandos que nos están gobernando” (no es una cita literal). Ni le nombren a Guillermo el Conquistador porque los va a sacar corriendo! Para colmo de males su hijo Wilfred (lo considera medio cabeza fresca) no tuvo mejor idea que anotarse para ir a una Cruzada siguiendo al Rey Ricardo, y no volvió aún.

En ese momento está de príncipe regente Juan a quien la Historia le recuerda adjetivandolo “sin tierra”. Está reinando porque si bien a su hermano Ricardo le fue bastante bien en el asunto de la cruzada, lo metieron en cana en una prisión de lo que hoy es Alemania por una causa medio fabricada, llegando a circular el fuerte rumor de que su hermano menor Juan puso unos buenos billetes para que continúe tras las rejas el mayor tiempo posible.
Juan es un tipo rencoroso: sus padres el Rey Enrique de Normandía y su madre la Reina Leonor de Aquitania, no tuvieron mejor idea que tener seis hijos. El ultimo que nació fue Juan; salió perdiendo en el reparto de los títulos nobiliarios y posesiones de tierras, castillos y vasallos, porque lo mejor ya se lo habían dado a sus otros hermanos y hermanas.


Volviendo a Cedric, no solo Wilfred lo tiene a mal traer (este muchacho se va y uno se queda con el corazón en la boca hasta que vuelve), sino que la tiene que cuidar a Lady Rowena. Una doncella. Hay que casarla bien, aprovechando que está buena, pero no hay que perder el tiempo porque sino se va a tener que hacer monja y después vamos a tener que mantener con dinero al convento en donde ella esté. Y Rowena, sabiendo todo esto, lo vuelve loco (salvo con los muchachos, porque la tiene clara que si deja de ser doncella, se le esfuman las posibilidades de enganchar a alguno que la tenga como a una reina).

Una noche con una lluvia de la gran siete, llegan a lo de Cedric unos macanudos bárbaros: cierto abad rechoncho acompañado por otro hombre religioso pulenta. Claro, es un caballero templario: Brian de Bois-Gilbert.
No se entiende muy bien para qué vienen ya que el dinero no está en Inglaterra y la gloria se conseguía yendo a Tierra Santa. En esa época los reyes tenían y mantenían sus posesiones porque vivían pidiendo plata prestada por lo general a los judíos. Aparentemente ahi se inicia la nefasta leyenda relacionando como cualidad exclusiva de los judios el ser  usureros.

La historia se empieza a poner interesante cuando esa noche, habiendo Cedric invitado a cenar al abad y al templario, tocan a la puerta. Un criado le dice a Cedric que un tal Isaac de York quería pasar ahí la noche. Isaac es judío. El abad y el templario se ponen enfurecidos y se produce este diálogo:

-Un perro judío, acercándose a un defensor del Santo Sepulcro? – protestó el templario.
-A fe mia –replicó Wamba [un criado]-, parece ser que los caballeros templarios son más amantes de la herencia de los judíos que de su compañía.
-Haya paz, mis caros huéspedes – dijo Cedric -. Mi hospitalidad no puede ser coartada por vuestros gustos. Si los cielos han sufrido a toda la nación de engreídos no creyentes durante más años que los que puede contar un hombre honrado, bien podremos nosotros soportar la presencia de un solo judío por espacio de unas pocas horas. No he de obligar a nadie a comer ni a conversar con él…, pónganle mesa y plato aparte. A no ser –añadió sonriente --, que los forasteros del turbante lo admitan a su lado.
-Señor hidalgo – contestó el templario -, mis esclavos sarracenos son verdaderos musulmanes y repugnan tanto como cualquier cristiano el tener tratos con un judío.
-Pues a fe mía – dijo Wamba -, no se me alcanzan las razones por las cuales los adoradores de Mahoma y de Termagaunt se den de menos de tratar con el pueblo elegido por Dios.


Wilfred aparece medio camuflado porque, como es amigo del Rey Ricardo, es por carácter transitivo enemigo del Príncipe Juan.
Por suerte  va a aparecer un muchacho a ayudar, a quien por despistada no le saqué la ficha hasta más de la mitad de la novela: Locksley. Es EL arquero. Nadie dispara flechas como él. Un tal sheriff se la tiene jurada. Pero la gente lo ayuda a esconderse porque le roba a los ricos para repartir el botín entre los pobres. Robin de Locksley. Robin Hood! Y con él, aparece casi toda la pandilla para ayudar a que el príncipe Juan no meta preso a Wilfred de Ivanhoe sólo por ser fiel a su rey Ricardo Corazón de León. Las andanzas de Robin y del fraile Tuck merecen mención especial en el desarrollo de esta novela.


El relato nos va a llevar a la alegre Inglaterra medieval, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva: los castillos están impecables y vive gente en ellos, las reglas de cortesía imperan, las justas son más emocionantes que un River – Boca.
Lo malo: Sir Walter Scott, supongo que sin intención, a raíz de una novela espectacular generó en las generaciones posteriores dos errores a mi modesto entender:
La figura del judío está excesivamente estereotipada: es tramposo, mentiroso, usurero. A las judías casi sin excepción se las presume practicantes de hechicería. En la Edad Media estaba el cristianismo a full, la convivencia entre cristianos y judíos era un poco menos retorcida en parte porque aun no habia tomado fuerza la Santa Inquisicion.
La figura de los templarios. Scott los delinea ambiciosos, fríos, sin escrúpulos. Supieron tener mucho dinero y consecuentemente mucho poder. La orden religiosa fue más rica que muchos reyes juntos. Pero los que manejan el dinero eran los Maestres (junto con los Papas de turno) y no la mayoría de los religiosos por las que estaba formada la orden: ellos se inscribían, hacían votos y se ponían la pilcha y el lomo para defender Tierra Santa. En parte “gracias” a Scott es que genera tanta seducción hoy dia lo relacionado con Los Caballeros de la Orden del Temple.


Ivanhoe es imperdible. Si les gusta Indiana Jones, prueben con esta novela: el código da vinci no le llega ni a los talones. Aventura sana, entretenimiento asegurado, aprendizaje ameno de algunos hechos históricos.

jueves, 19 de febrero de 2009

Aclaracion

Siento como deber aclarar que el título de esta “sección de libros” no es de mi autoría. Sólo la he tomado prestada de una sección de la Revista Humor que editó entre fines de los 70’s y principios de los 90’s Ediciones de la Urraca

miércoles, 18 de febrero de 2009

Libros que no muerden: Memorias de Agripina, de Pierre Grimal

Avanzado el ciclo lectivo, es complicado leer un libro en una o dos semanas, ni que decir si uno le dedica el espacio que se merece a "Dancing with a cat".
Como habitualmente, me gusta hacer zapping con la lectura: un tema para el ineludible viaje en colectivo, otro para cuando la algarabía de los niños dió paso al conciliador descanso nocturno.
Hace varias semanas que encontré en librerías Santa Fe una novela histórica bien interesante que se llama "Memorias de Agripina" escrita por Pierre Grimal. Para los que tuvimos la oportunidad de disfrutar "Yo Claudio" y su continuación "Claudio el Dios" ambas de Robert Graves, la de Agripina es un muy buen complemento.
Agripina fue la madre de Nerón, aquel emperador famoso por sus asados de cristianos. Antes fue la hija de Germánico, un general romano de la gran siete, integro y nada corrupto. También sobrina de Claudio, ese integrante de la familia real a quien tenían siempre para los cachetazos porque era poco agraciado, distraído y bastante (bastante) afecto al trago. Y por último, hermana de Cayo, aquel que hizo senador a su caballo y a quien le gustaba la guita y la joda más que respirar... el muchacho Caligula (sólo a los efectos de satisfacer la curiosidad histórica de aquel periodo del imperio, podría sugerirse ver la peli del mismo nombre... pero sólo a los fines de estudiar historia ;) ).
Como buena despistada que soy, pensé que Agripina era la mujer de otro emperador, asi que compre el libro sin más preambulo. Como necesito de los libros que serán leidos en el colectivo, el proceso de lectura necesariamente ha de ser ágil: puedo concentrarme para leer y entender pero no para digerir postulados profundos.

Su transformacion de ser 'la hija de', 'la sobrina de', 'la hermana de', puestos en los que estaba medianamente relegada, para, mientras aun se encuentra en ese lugar, a elaborar, alimentar, dar forma a su posterior ambición y la construcción de otra forma de ejercer el poder, no deja al menos de ser deslumbrante.
Acompaña al perfil de la protagonista una buena descripcion de la vida en la Roma Imperial, los dialogos (que en verdad existieron) con Séneca son imperdibles, pero lo mejor es que esta novela no tiene ese ritmo tan cinematografico que existe en tantas novelas hiper vendedoras.
Para los que no pueden leer sino en vacaciones, es una buena opcion "Memorias de Agripina".

Libros que no muerden - Las Siete Iglesias, de Milos Urban

Por razones navideñas, salí de gira por las cadenas de librerias, con intenciones de adquirir una novela o colección de cuentos para mis viajes en colectivo.


Unos años atrás habia comprado del mismo autor "La sombra de la Catedral". No me llevé bien con ese libro, supongo que no era nuestro momento. Pero me habia quedado cierta espinilla con respecto al autor.


Por eso, para fin de año elegí reincidir y compré Las Siete Iglesias.


Me sorprendió.

Las Siete Iglesias se inicia presentándonos a un ex poli K. Svach, quien dando un paseo matinal, al escuchar un sonido bastante particular proveniente del campanario de una iglesia, acude y encuentra en ella a un hombre a punto de morir (lo habían colgado del badajo cabeza abajo). Su acto reflejo consiste en llamar a las autoridades y a la ambulancia, tal como si estuviera aun en servicio.
A partir de este episodio nos sumergimos en el pasado lejano y reciente de este ex policía, encontrando una razón injusta y caprichosa por la que ha sido expulsado de la institución.
Pero por razones extrañas, aquel hombre a quien Svach le ha salvado la vida solicita al Jefe máximo de la poli que sea Svach quien investigue las razones y los culpables de brutal atentado.
Apareceran personajes extraños que se estima ayudarán a nuestro poli a resolver el crimen.
Svach es un hombre al que corrientemente podríamos denominar looser: aquel que no está cómodo en el lugar y tiempo que le tocó vivir, como que no encajase en la familia que le tocó en suerte, el desden y las cargadas de sus compañeros durante la época de estudio en la universidad y en la academia de policías, la indiferencia que su persona y figura provoca en los demás. No parece un tipo triste, atormentado ni fracasado. Pero en la vida (en su relación con la gente) no le ha ido bien; balancea ese opaco exterior con una vida interior en donde su pasión por la arquitectura e historia medievales de su Praga llega casi a límites de devoción.

Por ello y a fin de resolver este crimen, conoceremos Praga y sus edificios gracias a la exquisita prosa del autor (que dista de ser rebuscada y aburrida).
También es oscura, sin llegar a ser depresiva, en tanto conocemos al protagonista lamentar lo que la modernidad ha hecho con el patrimonio edilicio de la ciudad:
“Salvo las iglesias, el Ayuntamiento y algunas bodegas particulares inaccesibles, no quedaba allí piedra sobre piedra; lo que no barrió el progresismo del emperador José hace más de dos siglos, lo derruyó hasta los cimientos el saneamiento de finales del siglo XIX, conocido entre los artistas como «el atroz holocausto de Praga». Tenía que volver ahí una y otra vez, me impulsaba a ello la compasión por las casas desaparecidas y una nostalgia particular, un enamoramiento de tiempos remotos, de una época que el destino me había arrebatado.”
“En ellas [las casas] había habitado gente, se habían vivido vidas que no debemos olvidar. Y sin embargo osaron derruirlas y aniquilarlas de la memoria, reemplazarlas por edificios en los que a finales del siglo XX ni siquiera se vive. Un funcionario de banco no soporta que te pasees por encima de su cabeza, prefiere llevarse su ordenador a la planta superior. En las casas nuevas viven billetes y monedas; en las más pobres, estanterías, ordenadores y calderas.”

Urban logra en esta novela oscura (se la puede rotular como thriller) combinar una fina escritura sin perder esa agilidad a la que estamos acostumbrados en las obras de suspenso. Es pertinente aclarar que no tiene “el” ritmo cinematográfico de muchos libros exitosos del mismo género que provienen de la madre patria. Aquellos pueden leerse en menos de una semana.
Las Siete Iglesias no, va lo suficientemente rápido como para no abrumarnos, y es lo suficientemente pausado para disfrutemos y visualicemos la historia.